martes, 30 de septiembre de 2008

¿Por qué no queremos a los gatos?


En mi perra (puedo decir “perra” siendo perro en este caso) quise a los gatos. No es que sean malos. Hay gatos con quien terminás llevándote bien. Por ejemplo, el sábado a la noche estuve con un gato que andaba de diez con un doberman negro. Pero por más que sea así jamás voy a decir “gato copado”, porque jamás un gato puede ser “copado”. Ustedes suelen decir “chocos copados” porque nosotros sí llegamos a la gente y también porque verdaderamente somos animales copados, pero ¿un gato realmente es copado?

Por ejemplo, el Mingo es un cortado. Es el gato de Leónidas Aguirre y Olascoaga. Vive con ocho perros. Ninguno le da bola. Ese gato se corta solo. Ni siquiera (dicen) que alguna vez se calentó en decir “miau” para pedir comida. No hace nada. Bueno, nosotros, tampoco. Pero cualquiera que lo ve diría que es un gato de miércole, de miércoles a miércoles, es decir, siempre.

¿Quién se banca esa manera barata de seducir cuando aparece el amo en la cocina? Ellos no se conforman con mover la cola y sentarse al lado del amo, esperando un poco de generosidad. No: apenas entran en la cocina entran a moverse como creyéndose que están en el Mouline Rouge de París y echan unos maullidos realmente espantosos, porque convengamos que ninguna especie que se conozca en la tierra se banca los aullidos de los gatos en la cocina. Son tan rompebolas que terminan ligando algo. Y en vez de decir “gracias” o “te acompaño aquí en casa”, nada, morfan y se ponen al lado de la puerta que los lleva al patio, pero no para hacer pis, como nosotros, sino que para salir a festejar a los techos junto a los otros gatos desgraciados. Me imagino lo que dirán entre ellos: “a mi jefa le vengo vaciando la cabeza (con aullidos) desde las cinco de la tarde y gracias a eso ligué medio kilo de hígado, ¡salud!”, o “estoy afónico, pero valió la pena, así que ¿quién quiere hacer el amor conmigo hasta las ocho de la mañana?”. 

Los chocos somos más éticos. No jugamos sucios. Los gatos, como son blandengues, cuando lo encarás te tiran ese chillido que suena a goma pinchada (“¡prrsttsrtt!”) para no decir otros sonidos más humano que de canes, como el de los gases. En vez de lanzar ese “miau” de putarraco (perdón, ya me calenté) se mandan ese “¡prrrtrrrrtrr!”, que suena tan pero tan feo y bajo que nosotros directamente le escapamos.

Además, sinceramente yo se los pregunto a ustedes, ¿realmente los gatos sirven para algo? No les creeré nada si me dicen que sí porque ellos se encargan de espantar a los ratones. Otro tremendo bolazo. Yo nunca vi a un gato cazando a un ratón. O mejor dicho, nunca vi a un ratón porque no soy de esos chocos que suelen estar todo el día en la acequia a jugando al golf. Hay chocos que están todo el día al pedo. Ese no es mi caso. 

Reconozco que los amos prefieren que nos llevemos bien con los gatos. Hay que comérsela. No sé si ellos alcanzan a entender lo que ésto significa para nosotros. No podés ser un faldero feliz arriba de la cama con tu ama o amo y de repente tener que soportar que un gato de miércole a miércole pegue un salto mortal a cinco metros de vos para aterrizar arriba de la cama, entre vos y el amo, como si hubiese caído con paracaídas. Son unos desgraciados. Ellos juegan sucio y no se hacen cargo cuando nos calentamos.

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