Nadie nos traga. Y menos si tomáramos vino. Por eso preferimos agua. Pero a veces el agua nos ahoga. Porque la naturelaza es oligarca respecto de los privilegios imperialistas de los sabores de los frutos del pedemonte, o sea.
Cuando probé vino aquella primera vez (una choca correligionaria de cuatro piernas bonitas me acompañó, por eso fue "primera vez", o sea) se me escaparon palabras. Nunca supe qué dije. Pero esa noche (empezó de tarde y terminó de mañana siguiente) pasó volando.
"¡Un voto para todas las perras!", intenté decir antes de recibir la primera cachetada. A pesar de ello, algo de magia tuvo, porque después de eso ella se envalentonó y cuando desperté al día siguiente me dijo que durante mil veces en la noche intentó decirme -con acciones y no con palabras- que estaba buscando "perritos". Si bien yo me sentí decepcionado porque la policía nunca se encarga de buscar perritos, ella me dijo que los estaba buscando en su vientre. "¡Ahhhh...!", me limité a responder, aliviado, de un suspiro. "¡Ah, ah, ahhh, ahhhh, ahhhh!", respondió ella por nonagésima novena vez, tratando de hacerme recordar algo que nunca podré recordar.
Allí tuve el presentimiento de que finalmente ella encontraría a los perritos que estaba buscando. ¿No es una buena noticia, acaso? Entonces ¡salud, Vendimia! ¡qué linda fiesta! (aunque nadie nos trague y ya no me acuerde de nada).

1 comentario:
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saludos
Diego
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