viernes, 31 de julio de 2009

Abandonado con tres patitas

En mi perra vida me pasó lo que viví el sábado a la noche. Mi patrón me invitó a salir a dar un paseo por el Parque. Como decimos los chocos, “algo huele mal”. Y sí, el tipo estaba muy deschavado, venía de discutir con la patrona y uno de los chicos no salió de su cuarto esa mañana. Bueno, querrá tomar un poco de aire mientras yo estiro mis patas (son tres, nada más, porque hace mucho me atropellaron y me cortaron una patita trasera, la que levanto para hacer pichí).

Los chocos de la calle siempre vivimos con miedo. El abandono está en un abrir y cerrar de ojos. Y así fue. Al Parque no fuimos solamente a dar un paseo: el patrón abrió la puerta, me bajé, me acarició la cabeza y me dejó para siempre (ni siquiera se calentó en dejarme un platito con Dogui, huesitos o lo que haya). Si recuerdan, ese día amaneció con dos grados bajo cero y la máxima no llegó a ocho grados.

Ya ni recuerdo cómo tomé agua y qué comí esa tarde. Me prendí con dos chicos que vivían en un barrio cerca del Cerro de la Gloria. A la noche, en vez de ir a su casita a dormir, me mandé con ellos a la calle Arístides. Y se quedaron casi toda la noche pidiendo. Yo estaba allí, despistado, y bueno, con una sensación extraña: definitivamente me sentía la libertad como nunca en mi perra vida y por otro, la suerte de mi vida dependía de lo que pasara minuto a minuto.

Cerca de las 2.30 veo que pasa una pareja joven, una de las tantas que caminan por la calle Arístides. Se detuvieron. Me miraron. “Pobrecito, le falta una patita”, dijo la mujer. “¿Y de quién es?”, dijo su compañía. Ella pensaba en mi patita ausente y él, en el cretino que me había abandonado. “¿Qué harán conmigo?”, pensé, porque, como te dije, la suerte de mi vida dependía minuto a minuto, y esos niños a quien acompañé no se veían muy interesados en llevarme a su casita. Seguramente se volverían en colectivo. Hasta ahí llegamos los chocos.

Y bueno, no pasó nada. Esa pareja se fue y esos chicos de la calle también se fueron. Y yo me quedé, solo con la libertad.

Aunque me sentiría más libre si los que pasan caminando me miraran un poco con el corazón y dejaran escapar todo el cariño reprimido que sienten por mi. Por eso, mi cuarta patita es tu corazón (¡guauuu, en mi perra vida dije algo tan profundo!).

La libertad se termina de realizar cuando uno se siente amado (lo puedo decir ahora, que soy un choco con calle).

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